Cucarachas

Extraño el contraste entre el vestíbulo de mi infancia y el resto: dentro había sombra, frescor y un firme suelo ajedrezado; fuera, sol abrasador, arena en perpetuo movimiento, aire caliente. Por las ventanas el pueblo; desde la puerta, desierto. El tránsito entre la cordura y la locura.

Todas las mañanas las veía, normalmente una o dos. Cuando eran más ya sabía que el último grupo que hubiera estado riendo y bebiendo bajo mi ventana antes de marchar no iba a volver nunca.

El cafard le llamaban, como a las cucarachas que yo contaba recién levantada. Una por cada legionario enloquecido.

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