Apocalipsis

Cuando no llevaba tanto tiempo dentro, una tarde se asomó al mundo por la cortina
de canutillo, cuyas tiras le recordaban siempre a brazos de pulpo, porque si no las
agarrabas bien para abrirlas se te liaban por todo y se pegaban al pelo y era un poco
como cuando entras con el coche en el lavauto, que se lo traga entero entre escobillas
gigantes y flecos de plástico. Se asomó por si se estaba mejor fuera. Dentro había un
suelo de ajedrez sin piezas; fuera, un vacío. Fue entonces cuando supo que todos los
del pueblo se habían ido.

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