Tres estrellas

El hotel que abrí en Nápoles fue un fracaso. No gustó que en lugar de ascensor hubiera un cubo y una cuerda. Tampoco sentó bien que fuera todo fachada. Literalmente: no había nada dentro y los huéspedes de los pisos superiores se caían todo el rato. Alguno se sintió estafado porque la web decía que estaba cerca del aeropuerto, sin especificar que se trataba del de Castellón. “¡Este cuchitril no tiene tres estrellas!”, me gritaban. Pero claro que las tenía. Una era una enana roja, pero seguía siendo una estrella. Anda que no he limpiado cadáveres calcinados por su culpa.

No sé a qué piso voy.