Por fin

Por fin. Era aquella mujer, la que cada mañana se zambullía en el mar, su musa. No lo subyugaron sus pulcros movimientos de calentamiento, ni su pose decorosa, o el salto elegante que suscitaba miradas de admiración. Fueron sus ojos, que mantenía cerrados durante medio minuto antes del salto, los que lo convencieron: había un motivo. Cogió, tantos años después, el pincel. Era el principio del ciclo “Ojos cerrados”, que lo hubo de encumbrar. Sabed, pues, que, cuando cerráis los ojos antes de besar, saborear, abrazar, antes de zambulliros en algo que os hace sentir vivos, podéis ser un motivo.

Vigués en el popolo di Pekino. Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Estos son mis relatos. Son como son. A nadie los pedí prestados.