La costumbre

—¿Pican o qué?
—No.

El mismo diálogo, desde hacía quince años. Él, en realidad, detestaba la pesca —o la no pesca, porque volvían a casa con las manos vacías—, pero acompañaba a su marido porque no sabía nadar.

Le escuchó sorberse la nariz. Bajó los prismáticos y se giró. Lo que era gracioso cuando empezaron a salir se había convertido en una manía insoportable. Lo detestaba.

Miró el mar. Un empujón y nunca volvería a escuchar aquel ruido.

—¿Nos vamos? Me he quedado sin cebo —dijo, recogiendo la caña.
—Vámonos. Haré croquetas para cenar.
—Te quiero.
—Y yo a ti.