Sádico

Para que la intervención divina ilumine a los creyentes es necesario que se haya desvanecido hasta la última partícula de esperanza, llegar a ese momento de desierto moral en que el paisaje es un callejón sin salida. Por eso, el milagro no llega nunca cuando creemos necesitarlo sino un poco más tarde.

Dios ha insistido, desde el principio de los tiempos, en apretar unos segundos más de lo debido, dejar a los fieles sin aliento y aparecer como salvador cuando el desmayo es inminente. Él dice que es para probar la fe pero, ¿quién podría asegurar que no disfruta estrangulándonos?