Entonces sucedió

Celebrar la boda en la aldea era una temeridad. Sabías que ella acechaba, que nunca nos perdonó la afrenta y tramaba venganza.
Entonces sucedió.
Y ahora, míranos, transformados por esa pariente del demonio, urdidora de hechizos. Míranos, condenados a comer algarrobas, a vagar por años y paisajes atados a la cuerda del destino de dos inocentes, a buscar nigromante, bruja o basilisco que nos devuelva la compostura humana. Tú y la vanidad de lucirte peripuesta de madrina ante los aldeanos, como si ser los discretos padres de la novia no bastara. ¡La eternidad esquivando un jamonero como espada de Damocles!