Cerda

Nadie cree a las hembras como yo, esas que solo vivimos para que nos quiten a las crías de las entrañas como frutos de un árbol caliente. No puedo explicar lo que pasó porque al oír los chillidos de mis lechones me envolvió una burbuja de rabia ciega. Cuando volví en mí estaba devorando la mano de aquella mujer y su sangre me caía por las comisuras de la boca goteando el suelo, las fibras de las cuerdas que sujetaban a mis hijos se me quedaron enganchadas entre los dientes.

Sé que me sacrificarán por esto, pero no me arrepiento.