¡Mira!

Yo te decía “¡mira!” y tú mirabas. Mirabas por dentro, por fuera, desde abajo, desde arriba. Mirabas mi reflejo, mi sombra, mi silueta y acababas mirándome a mí a través de lo que yo te pedía que miraras. Mirabas hacia otro lado solo para compararte con los demás y saberte especial, por ser aquella mirada tuya la que yo requería. Mirabas con los ojos, con los dientes, con la piel y con partes que no existen, pero que existían cuando yo te pedía que miraras. Hoy, si digo “¡mira!”, te limitas a mirar. Por eso ya no digo “¡mira!” como antes.

Vigués en el popolo di Pekino. Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Estos son mis relatos. Son como son. A nadie los pedí prestados.