Ya no es obligatorio

Apareció recién terminada la guerra, sola. Su caminar era elegante y su semblante serio. Dos bultos cargaba. En uno de ellos traía cortinas, supe después. Las tiene apiladas, cubiertas con sábana blanca, sobre el mueble de madera en su sala.  Estas ventanas no las merecen, le dijo a Elvira.

De las cubetas de agua que le tocan, dos son para lavar ropa una vez por semana. Pero no usa la ventana como tendedero. Dice que hay prendas de mujer  que solo el marido debe ver. 

En Dachau todo era público. Pero ya no esta obligada. Ya dejó el campo aquel. 

J. Felipe Rodríguez

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