Pío

Ella siempre quiso ser hombre.

Y, dentro de los hombres, sacerdote.

Que todo el mundo callara para escucharla, al menos una vez a la semana… Que le dijeran a todo «amén». Jugar a mandar sentarse, ponerse en pie, darse la paz… Subir a ese púlpito, bajar al confesionario, escuchar pecados susurrados, perdonar, ella, tan pía… Repartir sacramentos.

Han tenido que pasar muchos años para que se conceda ser lo que le venga en gana pero no puede quejarse de su entregada parroquia.

«Barra candeal, no soy digno de que entres en mi casa, pero una miguita tuya bastará para llenarme».