Finales

Muchas décadas vivimos así, cambiando de aldea cada vez que venía la Santa Compaña hasta que descubrimos en uno de los espíritus al hermano de una de nuestras antiguas amigas que de joven había estado medio enamorado de ella y ya no hizo falta esconderse. Aquellos fueron los años más felices porque los muertos también me veían a mí mientras que para los vivos existía yo sola: una excéntrica que siempre guardaba un asiento para su amante difunta y eso no resulta fácil de explicar. Hasta ayer. Ayer corté en pedacitos su alma y se la di a los psicopompos.