Postal

Apreciado padre:

Hace seis meses que comencé a caminar y ya estoy lejísimos. No entendí el chiste hasta que llegué a París. Normal: soy pequeña y mi sentido del humor aún es rudimentario. Además, prefiero el humor físico, como cuando te tiré la sopa encima.

Seguí a Berlín, Estocolmo, Helsinki… Ahora escribo desde una cafetería de Moscú. La gente me trata bien, aunque no acepto sus sospechosos caramelos, como me enseñaste. “Eres muy pequeña para caminar sola”, dicen. No lo soy: si no fuera tan pequeña, podría conducir.

Te dejo, que traen tarta y de la tarta no dijiste nada.

No sé a qué piso voy.