Los años de madera

En 1952 me subieron a un caballo alazán de cuatro años y sin herrar. Pero no fui a ningún sitio. Mi madre dió unas cuantas palmas para provocar al magnífico animal y lo único que consiguió fue llamar la atención de la Policía Secreta.

Mi tío Aurelio dijo ¡Arre, holgazán! y mi padre le abofeteó la grupa con gran naturalidad, como a una mujer. Nada. Me dijeron adiós varias veces y que tuviera muchísimo cuidado porque montaba un corcel muy nervioso. Pero ni siquiera hacía viento y yo iba en calzoncillos.

En 1952 todos íbamos en calzoncillos. A ningún sitio.