Castigo

«Vesre», dijo.

Era una bruja porteña, de Caballito. Me burlé. De su acento, del nombre de su barrio, de esa forma de crear palabras nuevas diciendo las sílabas al revés. Hizo un gesto con las manos como aplaudiendo, como sacudiéndose algo, como matando a una mosca. Convirtió en fragilísimo cristal a mi niño y a toda la playa. Sólo yo seguía siendo real, sólo yo seguía teniendo conciencia y capacidad de movimiento.

Para quien nos viera todos estaban vivos y animados menos yo: un horroroso e inmóvil caballo de madera. Con un nene colocado encima en un equilibrio muy precario.