Una, dos y tres

—Los espejos son mágicos. Si atravesáis este, apareceréis en otro mundo.

—¿De verdad?

—Claro que sí. ¿Cuándo os he mentido yo?

Las niñas se miraron y, con risa nerviosa, se dieron la mano, esperanzadas, apretándose muy fuerte.

—¡Una, dos y tres!

Las niñas corrieron hacia el espejo. Cerraron los ojos justo antes de impactar contra él. Cuando los abrieron, seguían en el mismo sitio, tumbadas en el suelo tras la caída, con la frente dolorida. La señorita Höss se reía a carcajadas, igual que el resto de los niños.

—Niñas tontas —dijo, recogiendo el espejo —. Venga. Se acabó el recreo.