Mademoiselle Lebois

Éramos tan vulnerables, tan humanamente frágiles como el cristal del espejo en el que mademoiselle Lebois nos hacía mirarnos cada mañana.

“Si vemos nuestra imagen reflejada al lado del otro —decía—, seremos conscientes del compromiso ecuménico, porque nuestro rostro es también el rostro de la alteridad”. Luego canturreaba alguna de sus inagotables frases en latín; le gustaba citar a Terencio: “Homo sum…”.

Apenas comprendíamos entonces, aunque podíamos intuir el significado de ciertas palabras como “dignidad”, “justicia” o “compasión”.

La señorita Lebois nos enseñó después a atravesar el espejo. Pero esa es otra historia; una formidable historia que ya les contaré.