La pieza

Siempre andaba ocupado con sus investigaciones. No advertía mi presencia cuando entraba en su despacho.

—Cariño, tengo que examinar estas fotografías de unas piezas que han llegado.

Días después, en el museo, vi aquellas esculturas que mi padre examinaba. No me parecieron gran cosa. Me puse a su lado. Eran solo un poquito más altas que yo.

Mi padre entró en la sala, acompañado de varias personas. Di un respingo y me quedé donde estaba. Cuando me vio, empezó a reír y, señalándome, dijo: «Y esta pieza, incatalogable, es la más valiosa del mundo». Todos rieron y yo fui feliz.